Exposición indumentaria Tradicional de España

                                                                                        

       

INDUMENTARIA TRADICIONAL DE ESPAÑA  -

   Contando con la colaboración de grupos folclóricos y particulares, vinculados de una u otra forma a CI0FF® -ESPAÑA, se ha reunido esta exposición de Indumentaria Tradicional de España.

   Las reproducciones, confeccionadas minuciosamente, cuidando hasta el último detalle y reflejando fielmente las características de las vestimentas originales, están montadas en maniquíes de 70 cm de alto.

   Esta exposición fue inaugurada en 1996 en la localidad de Brussum (Holanda) con ocasión de la Primera Folkloriada Mundial y, desde ese momento ha visitado diferentes ciudades donde se celebran festivales internacionales de folclore asociados al CI0FF®.

   Consta de 22 parejas vestidas con indumentarias tradicionales, procedentes de las más variadas comarcas españolas, con, al menos, una representación de cada una de las 17 Comunidades Autónomas del Estado.

 

 CI0FF® - ESPAÑA




 

 



-INDUMENTARIA POPULAR DE ESPAÑA-

 

           El traje popular, original, típico de la versión dieciochesca, a través de las ideas sobre el “costumbrismo” del “despotismo ilustrado” y del romanticismo de la indumentaria sujeta a una serie de principios generales como necesidad general sujeta a los imperativos del devenir histórico y de la moda, con todas las corruptelas que conducen a los trajes de “baturro”, de “charro”, de “pastira-chirri”, etc. y que, con frecuencia, se convierten en disfraz aunque siempre tengan una auténtica raíz histórica que debe investigarse. Los trajes de fiesta conservados, por ejemplo, responden a ritos y ofrecen conservación, en Ansó o La Candelaria, pero ideas generales sobre lo rural y lo urbano, los usos de campesinos, pastores, menestrales, burgueses y aristócratas se unirán a la unidad y diversidad del traje, lo tradicional por necesidad y el cambio, por cultura.

          De un modo sintético podemos apoyarnos, para analizar la indumentaria popular, en factores naturales y estímulos intelectuales. Enumeremos la protección contra los agentes naturales y las inclemencias del tiempo menos importantes de lo que pueda parecer; el pudor respecto de las zonas erógenas y,  por el contrario,  la ostentación de ellas en ambos sexos. Senos/dengue, calzón/media, corpiño, mantelo, etc., la “buena pierna” de los mozos en Aragón, el talle, sin omitir la influencia en vestido y tocado de la evolución de los conceptos de belleza física; añadamos el elemento de diferenciación de circunstancias personales, estado, situación, profesión, edad, condición social; el de ornamento propio llegando hasta le majeza; los factores sociales como la imitación popular de lo burgués y lo señorial aunque siempre sujeto a la simplificación e intemporalidad, al mantenimiento de la “tradición” y conservadurismo por pobreza más que por talante. Pueden seriarse lo zaragüelles de las pinturas prehistóricas de Els Secans, las “bracae” visigodas de Valencia, Murcia o Fraga, pero es peligroso establecer una secuencia desde el paño colgante al taparrabos para llegar a ropa talar y el mavorte aunque el “bancal” de iglesia y fiesta aragonés empalme con pinturas numantinas sobre cerámica anteriores al 133 a.C. o el “sagum” celtibérico sea antecedente de la capa romana o de la moderna acortada por el marqués de Esquilache.

 

          Considerable importancia tendrán los factores económicos como aprovechamiento de los productos naturales de cada zona, las vías comerciales y las importaciones: los tenderos y sus proveedores, el contrabando con Francia; la difusión de las fábricas catalanas, el paño zaragocí en Portugal y el sucumbir a la lana, algodón, estambre, “cordellate”, etc, o ambicionar la seda, la “holanda” y el hilo, el raso, los brocados y damascos, que pueden llegar al pueblo en la Valencia del XVIII.

 

         Definitorios son los factores históricos en la implantación de los trajes o prendas como el mantón o pañuelo de Manila, la peineta o la mantilla traída de Nápoles por el cortejo de Carlos III. La conquista de Castilla, en Murcia, provocará la presencia de tejidos gruesos y colores vivos en las faldas femeninas. El turbante morisco, pervivirá en los pañuelos coronarios de Aragón o Valencia. Las albarcas, las alpargatas, etc. pueden ser eternas. La revolución francesa desterró el calzón hasta el punto de que los genuinos revolucionarios se llamaran sans-cullotes e introdujeron el pantalón de tubo. Los lechuguinos y los petimetres de la restauración conservaron el pantalón revolucionario y todas las clases populares europeas adoptaron en cambio el calzón señorial que sigue vigente en todos los trajes “regionales”. La banda dorada de privilegio real (por el duque de Lancaster) y las bandas militares cruzadas al pecho ya las llevaban los guerreros del vaso ibérico de Liria y el “chambergo” fue imposición y moda del mariscal Schomberg y, en general, las modas de la burguesía, funcionarios, militares, se imitaron y eternizaron por las clases populares en la medida que se les permitía usarlas y que su costo no las prohibía.

 

          Son importantes los gustos personales y los factores psicológicos, la excitación frente al sexo contrario según los temperamentos por ejemplo la severidad del traje de varón castellano y los adornos andaluces: como los colores en relación con la luz, tenues en las zonas luminosas, vivos en las de cielos grises y celajes. Pueden añadirse determinismos naturales por el clima e imposiciones por el género de vida, por ejemplo la del pastor, con parecidas ropas en toda España. Con una consideración especial de la edad, niño, mozos y ancianos, viudas y mujeres de edad, luto, alivio de luto. Singular consideración merece el rito; la fiesta, determinadas ceremonias religiosas, antítesis del traje de diario, de trabajo, de iglesia, romería, boda, bautizo, mortaja danzantes, enagüillas, las “móndidas” de San Pedro Manrique o las “panbenditeras de Aragón enlazadas con los kernoi hallstátticos y griegos.

 

          Poca atención se presta a los trajes de “llevar” y a su perduración (apedazar, volver, aprovechar para los niños...) y el abandono, y en un tiempo era prenda omnipresente el “harapo”.

 

          Hay un paso del traje normal al disfraz en el siglo XIX, cuando aquél ha sido sustituido por una moda universal, para vestir “grupos” o servir a actos concretos. El cambio se produce gradualmente a principios del siglo, con diferenciaciones de artesano, labrador, menestral, señor y la curiosa referencia de “vestido a usanza del país”. Deben tenerse en cuenta las diferencias comarcales dentro de la misma comunidad histórica.  No hay un traje aragonés si no se distingue el de Ansó y la Jacetania, de Ribagorza, Fraga, el valle del Ebro, el altiplano turolense y en cada comarca infinitas variedades. Deberíamos explicarnos la persistencia de lo tradicional en unos lugares y el abandono en otros. Luchar contra la falsa uniformidad. Tener en cuenta el aislamiento de una zonas y la proximidad a las grandes capitales de otras, los medios de difusión que aportan lo exterior (y hasta “figurines”) y la imitación. Pero también el sentido individualista como elemento diferencial y las prendas coyunturales como la blusa, la tocinera, la de los “blavets” valencianos o el pantalón de pana y el chaleco de los obreros aunque el tópico generará trajes falsos o estereotipos, unificados y hasta uniformados.

 

          En nuestros días será el traje “seña de identidad”, se supondrá que todos los valencianos, aragoneses o castellanos visten de igual manera, ricos o pobres, jóvenes o viejos y caeremos en el tópico. Aunque a veces el tópico sea diferencial: “viuda rica de Toro” se dirá, o bien haya un traje de charro artificiosamente enriquecido para ser digno de ser vestido por Alfonso XIII y Victoria Eugenia, y se someterá a patrón único el traje de volantes que llevaron las “puellae gaditanae”, y cada “región” se identificará por un traje frente a la riqueza y variedad de ellos en cada zona. El escenario, el tablado, los “cuadros” y “grupos” influirán en la conversión de lo auténtico en lo que sirva a otras ideas.

 

          Resulta, en definitiva, el traje popular, de la confluencia de muchos factores naturales con otros,  fundamentalmente culturales. Una colección cualquiera de trajes lo muestra, pero nunca agota el tema. El traje “popular” ya no se viste a diario, se “lleva” para mostrar un talante e incorporarse a una cultura. 

                           

Antonio Beltran                                                                            

 

                                                                                                        

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